Texto acerca del libro de Meister

BEAUBOURG

Tengo que admitir que la idea que Meister propone de una comunidad autogestionada que nace en los bajos de un centro de arte de París y después se extiende a los edificios de otros barrios y a otras ciudades europeas, no me llegó a cerrar como idea compartida de un mundo utópico.

Tal vez porque, considerándome libertaria, todavía pongo en duda ciertos aspectos del anarquismo colectivista (casi seguro por una suerte de escepticismo del que todavía no me he desprendido), y soy más afín a actitudes anarquistas de corte individualista, que no tienen por qué provenir de grandes filósofos o teóricos, sino de gente que se propuso vivir en los márgenes de la historia y de la sociedad y que influyeron en tantos otros a su alrededor, seres extraños como Macedonio Fernández o Mário Cesariny.

Mis utopías tienen más que ver con modos de vida sin autoridades, sin instituciones de poder, con seres libres y con igual acceso a los recursos y al desarrollo de sus capacidades (ahí estoy con Meister), pero no con compartirlo todo o casi todo en el devenir de pequeñas comunidades. A veces el libro de Meister me ha dado la impresión de estar asistiendo a una sesión de biodanza o de otras actividades “new age”, en las que tienes que amar a todos y todos te tienen que amar aunque no conozcas nada de esas personas o simplemente no te apetezca “amar” tantísimo y por doquier.

Pero no me detendré en aquello que no comparto del libro de Meister. Lo haré en los temas que me han atraído por sus propuestas, por su solicitud de reinventar el mundo desde otras maneras de relacionarse y de vivir. La negación del dinero como medio de intercambio de bienes y servicios entre personas, la crítica del trabajo tal y como lo concebimos hoy en día – y desde mucho tiempo atrás- o el abordaje del proceso de la muerte, son algunos de los temas cuya propuesta de transformación me fascinó a lo largo de la lectura de este libro.

Criticar el trabajo es criticar la colonización y el acaparamiento que los hombres anti-utopía (los Tristes, los Avinagrados o los Mecanizados, por citar solo algunas de las denominaciones con las que Meister alude a ellos) hacen de nuestra vida. Se trata de negar esa forma de (sub)vida para proponer una organización social en la que el tiempo de juego, de pereza o de experimentación sea igual de importante que el dedicado a la subsistencia y autogestión.

Así, Beaubourg se erige, a mi modo de ver, como cápsula, no del tiempo, sino de tiempo. Un territorio donde se evade la tiranía que los hombres del capital pretenden imponer sobre nuestro tiempo.

¿Qué hacemos en el mundo del capital sino medir continuamente el tiempo que nos queda o nos falta para? Contamos las horas que nos quedan por cumplir en el trabajo, en el que generalmente nos sentimos a disgusto o hasta estúpidos haciendo tareas sin sentido o tratando con gente que no querríamos ver si no fuera por obligación laboral. Contamos los días que nos quedan para asistir a un espectáculo o para el comienzo de un viaje, que hemos comprado y organizado de manera milimetrada por internet. Contamos las semanas para nuestra ración anual de vacaciones. Incluso contabilizamos los minutos que quedan para que la pastilla para dormir, el ansiolítico o el analgésico, nos haga efecto.

Nuestro propio tiempo no nos pertenece.

El hombre del capital no solo quiere ver transformada nuestra fuerza de trabajo en valor, plusvalía, capital, sino en tiempo, en plus de tiempo para él. Vampiriza nuestro tiempo. Usurpándonos el nuestro, se lo otorga para su provecho. Nuestras horas de trabajo, de ocio, de sueño, de hipnosis por las nuevas tecnologías, de en definitiva productividad para el sistema capitalista, son sus horas de viajes, de compras, de relax y tratamientos spa, de dedicación egocéntrica a la familia (sus hijos como futuros herederos de nuestro tiempo), de comidas copiosas en restaurantes de moda y de ligoteo mecánico en bares de copas.

Beaubourg aparece como el territorio donde reivindicar y realizar el uso autónomo del tiempo, la autogestión de nuestras horas, de nuestra vida. Y también la autogestión de nuestra muerte.

No se te ocurra morir súbitamente o en condiciones sospechosas o inusuales (por ejemplo suicidándote). Llegará la policía y el médico forense y revisarán tu casa, desvelarán tus secretos y los airearán en expedientes jurídicos, tus amigos y familiares tendrán que pedirles permiso a los funcionarios para estar a solas contigo y poder despedirse. En Beaubourg, la muerte también escapa, o pretende escapar, del dominio de los hombres del capital. Elegir el momento y el lugar de morir, sabiéndose gravemente enfermo, no es eutanasia, ni suicidio asistido, sino una intuición que el ser humano, y también el animal, ha tenido desde el principio de los tiempos, y que mantiene todavía en algunas sociedades que solemos llamar primitivas (¿llamamos primitivo a aquello que no entendemos o que ha quedado enterrado tras décadas de pensamiento utilitario?). La historia de Jacques, que no desvelaré, es un buen ejemplo de cómo apropiarse también del tiempo destinado a morir.

Por último, y como breve apunte, la alusión al dinero. A lo largo del libro se asiste a su gradual pérdida de sentido y utilidad para el hombre subterráneo. Es cierto que, conviviendo con el sistema capitalista de la superficie, hay que pensar de vez en cuando en él (para pagar los gastos de agua, electricidad, de mantenimiento de la ciudad subterránea), e idear tretas y métodos de obtenerlo de la manera más sencilla, pero acaba despojado de todo el valor, simbólico y real, que se le da en el sistema capitalista.

Por eso, Beaubourg, desde esa perspectiva individualista de la que hablaba en un inicio, aparece para mí como metáfora de las fuerzas subterráneas que hay en nosotros para rebelarnos contra los hombres de la superficie espantosa del capital, y tras ello comenzar a pensar en la posibilidad de otras formas de organización social mejores y más placenteras.

Escrito por Sandy Saw

Articles on line by Eduardo Alexandre Pinto at The Alexander Lowen  Foundation Forum, I am there among others as Vizir (nickname).

Aulas Particulares de Inglês, Francês, Português para Estrangeiros, Filosofia, Escrita Criativa, Traduções

Olá,

Sou o Eduardo, um autor com 17 livros publicados; resido na zona da Fundação Gulbenkian em Lisboa; dou aulas particulares de Inglês, Francês, Português para Estrangeiros, Filosofia, Escrita Criativa e faço traduções de Inglês, Francês e Português, (desloco-me ao cartório para a autenticação junto de pessoas que pretendem emigrar).

Contato: 2911028seele@gmail.com

Telemóvel: 96 207 47 07

Eduardo Alexandre Pinto